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Por qué el globalismo (y el regionalismo) triunfarán sobre el nacionalismo

Por: Mario Beltrán Mainero

Cónsul para Asuntos Comunitarios y Políticos en el Consulado de México en Caléxico

En años recientes una ola nacionalista ha impactado cada rincón de la Tierra. Distintos líderes en Europa, América y otros lugares han ganado elecciones con una plataforma nacionalista y anti-extranjera. Argumentando que es necesario enfocarse en problemas internos, abandonar influencias externas y/o proteger empleos locales, sus movimientos políticos han alzado la bandera nacionalista y repudiado el globalismo.

Es entendible que mucha gente crea que las fuerzas globalizantes han afectado negativamente su modo de vida: han perdido empleos que se fueron a algún otro lado; ahora se encuentran con más inmigrantes—con culturas y aspectos diferentes—en sus ciudades y pueblos; sienten que han tenido que pagar el precio (militar o económico) por cosas que pasan mucho más allá de sus fronteras.

Pero, como lo han demostrado diversos estudios serios, el globalismo (el cual implica mecanismos de gobernanza global, globalización y mercados internacionales mayormente abiertos) también ha sido el origen de cosas muy positivas: la gente puede comprar productos importados de todo el mundo, lo cual sin duda mejora sus estándares de vida; la tecnología se comparte y se adopta más fácilmente en un sistema globalizado; la información y los individuos pueden moverse más fácil que nunca con la disponibilidad de servicios de comunicación internacionales…

Alguna vez tuve la oportunidad de preguntarle a Carlos Gutierrez, quien fue Secretario del Tesoro de los Estados Unidos durante la presidencia de George W. Bush, por qué es tan difícil convencer al público en general de que la globalización y el comercio internacional son benéficos. Y me respondió más o menos así:

“Es muy fácil notar cuando la globalización te provoca un daño (como el caso de una industria que deja tu ciudad para encontrar mano de obra más barata), pero es más complejo percibir sus aspectos positivos: precios más bajos y mejores y más variados productos y servicios; acceso a la información y a nuevas tecnologías… todo eso no es conscientemente atribuido a la globalización, pero ésta es definitivamente una causa esencial de dichos beneficios.

Además, hay un aspecto del globalismo con el cual el nacionalismo nunca podrá competir: su capacidad para resolver los problemas del mundo. La mayoría de los desafíos que enfrenta hoy en día la humanidad son regionales o globales. El cambio climático, el terrorismo, la proliferación nuclear, la estabilidad económica y financiera, las consecuencias del desarrollo de la inteligencia artificial y la bioingeniería… todos esos son asuntos que trascienden fronteras. Vamos a necesitar respuestas regionales y globales, por lo que las actitudes nacionalistas a ultranza únicamente complicarán más encontrar las soluciones necesarias.

Por supuesto que el patriotismo, los sentimientos tribales y la religión no van a desaparecer de un momento a otro. No tendrían por qué hacerlo, ya que generalmente son una fuerza positiva cuando no se llevan a los extremos. Y el gobierno tendrá que hacer un mucho mejor trabajo para proteger a aquéllos que son afectados por impulsos globales (expandiendo programas de capacitación laboral y seguros de desempleo). Pero realmente no veo cómo los planes proteccionistas o xenofóbicos nos puedan llevar a tener mejores estándares de vida dentro de nuestros países y mucho menos ayudar a contrarrestar catástrofes—ecológicas o tecnológicas—que puedan presentarse en el futuro.

Por lo tanto, mi firme creencia es que debemos de enfocarnos en construir un mundo más integrado a través de instituciones regionales y globales y de redes transnacionales de la sociedad civil. La diplomacia debe imperar sobre la agresión. El entendimiento tiene que ganarle al rechazo. La cooperación tendrá que prevalecer sobre el alejamiento y el abandono. Estoy seguro de que esto sucederá. Si no es por convicción en el corto plazo, será por necesidad en un momento aún más urgente.

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